El estilo nacional debía de dar forma a los delirios de grandeza del régimen y, por tanto, se creó una arquitectura para la eternidad que, sin embargo, nació muerta. Una arquitectura “casposa”, “rancia”, “siniestra”, “deprimente”, “anticuada”, “plomiza”, “severa” o “grandilocuente”, pero que también admite obras dignas e interesantes, aunque siempre con un tono historicista o propagandístico. 

El estilo imperial o neoherreriano inventado para mayor gloria del franquismo en los años cuarenta, bebió principalmente de la arquitectura de Juan de Herrera y de la de Juan de Villanueva. La severidad y el clasicismo de los Juanes sirvió para hispanizar la monumentalidad pomposa de los fascismos alemán e italiano, más próximos a las vanguardias, sobre todo el italiano. En España lo moderno y lo extranjero olía a pecado, así que solo se podía mirar hacia atrás y hacia adentro. Lo moderno cayó a golpe de brochazos historicistas, o directamente desapareció, en pro de un estilo que prefirió recuperar un pasado glorioso de chapiteles austriacos, torres, tejados de pizarra, zócalos de piedra, escudos con águilas, yugos y flechas.

Source: Los delirios de la arquitectura franquista