Las aceñas y molinos son dos construcciones tradicionales que realizan la molienda con la fuerza motriz del agua que por norma suelen confundirse, aunque si es verdad que el artilugio de moler era prácticamente el mismo, lo que realmente diferenciaba a ambos sistemas era la toma del agua. En la aceña se colocaba vertical la gran rueda motriz en el mismo cauce del río o arroyo. La fuerza de la corriente hacía girar esa rueda, que mediante un eje horizontal movía el molino propiamente dicho.

Se llamaba molino al que aprovechaba un embalsamiento de agua para mover el rodezno, que transmitía el movimiento a la rueda móvil del molino y a otros complementos si los tenía. Por tanto, el molino necesitaba un desvío del agua del cauce natural, generalmente mediante un cuérnago. La balsa permitía moler a gusto del molinero, que sólo tenía que abrir una compuerta para que el agua bajara encauzada con fuerza hasta la rueda motriz.

Entre la aceña y el molino, había, por tanto, dos grandes diferencias. En la aceña no se necesitaba balsa, porque se aprovechaba directamente la corriente del cauce fluvial, lo que significaba un gran ahorro en infraestructura. Pero el molino, además de exigir un cuérnago para almacenar el agua, tenía que tener permiso para la toma y pagar por ello su correspondiente canon. También en el molino había que hacer las entradas o paradas del agua y los canales de bajada hacia el rodezno, que en este caso era horizontal, con eje motriz vertical. Y la segunda diferencia: el molino molía diez o doce veces más que la aceña, sacaba mejor harina y era más seguro que la aceña, que estaba al arbitrio de la corriente, que a veces ni corría.