Los cambios que el tiempo introduce en la vida de los habitantes de una vivienda constituyen un examen a superar por la arquitectura. Es el tiempo el que moldea la edificación y la obliga o a adaptarse a las mutaciones y evoluciones o la condena a la desaparición. El tiempo y su desgarrador efecto sobre los objetos va transformando los elementos arquitectónicos y revalidando, a veces con crueldad, su grado de bondad demostrando que únicamente sobreviven aquellos que son capaces de adaptarse a las nuevas circunstancias.

No debe olvidarse que la vida de un edificio suele ser mucho más dilatada en el tiempo que la de sus moradores. Los anteriores vecinos serán reemplazados por otros cuyos planteamientos de vida y circunstancias personales serán bien diferentes. La idea de confort, el mobiliario, los revestimientos, la apariencia, los objetos de consumo, la fragmentación o especialización espacial, la funcionalidad, la manera de apropiación de lo común, la luz, las texturas, el color,… mutarán inevitablemente hacia posiciones bien distintas. Es por todo esto que la premisa fundamental de partida para la intervención ha sido la búsqueda de un sistema flexible y adaptable a las circunstancias actuales, sin que impida el desarrollo de futuras transformaciones, sin olvidar su adaptación a un sistema sostenible de vida. En este sentido, la mejora en las condiciones de vida y la salubridad del edificio han jugado un papel igualmente trascendental a la hora de proyectar.

No debe olvidarse que las condiciones de habitabilidad, higiene y salubridad, accesibilidad, confort, eficacia y economía, deben primar en un proyecto, buscando siempre que las viviendas den una respuesta satisfactoria a sus habitantes, a los ocasionales y a los permanentes. El potencial de esta intervención no sólo reside en la carga o el valor paisajístico, histórico, de tradición y cultura, urbano y arquitectónico de un barrio como Triana. Existe un segundo potencial oculto a los ojos del viandante que sólo observa una secuencia de fachadas más o menos ordenadas y regulares, y desconoce lo que ocurre más allá de esos paramentos. La propuesta consiste básicamente en mantener la división administrativa, tipológica y de usos de los dos edificios que forman el conjunto, casa tapón y corral de vecinos propiamente dicho, quedando ambos unidos por una medianería común y una servidumbre de paso y vistas de uno sobre el otro, y viceversa. Así se estructura la propuesta en los siguientes actos:

  • Demolición y nueva construcción de la casa tapón, para centro social del edificio.
  • Rehabilitación del llamado Corral de Vecinos de la Encarnación, con uso de vivienda, compuesta por doble hilera de edificación alrededor de un patio longitudinal hasta el fondo de la parcela. Ambas hileras son de una planta con altillo y se cubren a un solo agua, según la tipología y carácter de la edificación existente, introduciendo ligeros cambios organizativos y constructivos para su adecuación.

La rehabilitación del Corral de Vecinos, catalogado como “Bien de Interés Etnológico”, consiste en su adaptación, como vivienda, a las nuevas formas y mínimos de calidad de vida que hoy son necesarios. La preservación este bien como B.I.E conlleva asumir los criterios que se marcan en su acta de declaración, que se anexa a este documento, implementando una serie de estándares y normativas que adecuen y viabilicen esta forma de vida a las condiciones del s.XXI. En este sentido, es necesario reflexionar acerca de qué significa la forma de vida en un corral de vecinos y cómo ésta puede ser, hoy, aún interesante. No se trata, pues de preservar sólo un edificio per se, sino un modo de vida. Una forma de habitar un espacio, en aquellos aspectos valorables y cuya pérdida conllevaría, por un lado, una merma en la memoria histórica de la evolución de lo andaluz y, por otro y tal vez más importante, la posibilidad de revisar y afianzar esta forma habitacional para continuar con su lógica evolución, en un momento en que el Movimiento Moderno puso en crisis ciertos valores que es necesario volver a poner a punto. En este sentido, habitar un espacio de estas características es reflexionar sobre: la tensa relación entre lo individual y lo común y la disolución de límites; la idea de la precariedad temporal.

El Movimiento Moderno desarrolló todo un abanico de tipos edificatorios que marcaban de manera clara la división entre lo privado y lo común. Ello enriqueció enormemente el panorama social al permitir evoluciones infinitas de ambos aspectos que, aún hoy siguen dando frutos sorprendentes. Lo común es aquello que empieza a partir de lo privado y viceversa. Sin embargo, esas mismas armas que intentaron fijar los límites, han propiciado que hoy, más que nunca, se retomen ciertos argumentos de la vida en común. Probablemente uno de los factores que hayan alimentado esta posición sea la carestía de vida y la imposibilidad de ciertos sectores de población de acceder a su propio y único espacio. Ante este inconveniente se comienzan a abrir puertas a nuevas formas negociadas que hoy se entienden como apuestas de futuro en una sociedad cada vez más diversificada y rica: uniones temporales de parejas; uniones temporales de individuos que se enriquecen de la vida en común; asociaciones, según diferentes formas legales para compartir y disfrutar espacios que individualmente sería impensable, tales como edificios antiguos rehabilitados, antiguas fábricas para su conversión en oficinas o viviendas donde teletrabajar; ajustes en edificios y asociaciones, más o menos regladas, para compartir a cierta edad, una serie de servicios domésticos y cuidados médicos sin la dependencia de familiares próximos … etc. Es ahí, en esa línea donde es posible argumentar nuevas fórmulas asociativas y nuevas formas de habitar espacios recuperados.

El corral de vecinos fue, desde el s. XIX una fórmula habitacional basada en la microcompartimentación de un espacio, residual u obsoleto, para resolver de manera sencilla y lucrativa, el problema habitacional de los inmigrantes del medio rural a la ciudad-promesa. La precariedad económica de sus habitantes y la reglamentación no escrita de la convivencia son dos aspectos fundamentales a la hora de hacer frente a un estudio sociológico del tipo. En este sentido es importante reseñar que se trata de un ejemplo obligatorio de cohabitación de sus moradores. Un roce diario que provocaba lazos de amor y odio entre vecinos, pero nunca indiferencia ya que la convivencia era, prácticamente ineludible.

El reparto del territorio es, así, prácticamente imposible. Sólo unos metros cuadrados de espacio colmatado de enseres propios, abigarrado y mal ventilado es el refugio último de la familia, generalmente numerosa a la que se adicionaba algún sobreinquilino. Por tanto, es el patio del corral, el centro de lo común, de la convivencia, buena, mala o evitada. Casi la única posibilidad de desarrollo personal, incluido el trabajo. Evidentemente las circunstancias actuales son bien diferentes a éstas que dieron lugar a su nacimiento y desarrollo, pero tanto la ubicación como el esquema organizativo y estructural son un aliciente para su adecuación y adaptación a esas nuevas formas de convivencia que actualmente se están desarrollando por ciertas asociaciones, intentando hacerlas más ricas, diversas y confortables. El éxito de esta operación pasaría por reconocer la dimensión individual del núcleo familiar (cualquiera que sea su número, organigrama o condición) y poner en valor las posibilidades que una vida en común puede ofrecer. Se hace necesario, por tanto, una adecuación física de los espacios, dotándolos de condiciones de habitabilidad suficientes (ventilación, iluminación, instalaciones adecuadas, riqueza de los espacios y materiales de construcción, etc.) y la posibilidad de negociaciones de lo común, según las conveniencias e intereses de los usuarios.

El conjunto del Corral de la Encarnación y su casa tapón son un claro ejemplo de adhesión, apropiación y redistribución que las distintas situaciones de la vida, que permite desarrollar lo mejor posible, la vida de sus habitantes. Lo curioso es que, a pesar del tiempo transcurrido y sus avatares, el patio prácticamente no ha sufrido una grave merma en su configuración y espacio. Parece que, aunque las transformaciones de lo privado han sido grandes, ha primado el respeto del uso y disfrute de algo tan importante en la cultura mediterránea como es el patio. Se han apropiado de él, pero no se ha destruido. En cuanto a las obras sobre las viviendas, en el resultado que hoy se presenta, se entrelazan un carácter desordenado, aleatorio, impositor, con algo de inmediatez e inocencia. La calidad del resultado arquitectónico es bastante baja en cuanto a estructuración, composición, calidad de la construcción, etc. sin embargo, la riqueza de este proyecto radica en la multitud de posibilidades que ha demostrado tener la edificación, gracias a su sencillez y versatilidad y en el potencial que ofrece en cambios o mutaciones futuras, como la que esta intervención va a permitir.

No debe olvidarse que las condiciones de habitabilidad, higiene y salubridad, accesibilidad, confort, eficacia y economía deben primar en todo proyecto. Así, la decisión de adoptar ciertos cambios en su configuración o aspecto no merma posibilidades, sino que se aumentan y significan. El espacio completo, que antes se dividía en: lo privado y lo común, ahora estará diversificado con lugares de transición, aumentando las posibilidades de realización de sus inquilinos que podrán, de esa manera, cuidarse mutuamente sin el lastre de los roces de la convivencia impuesta. Por tanto, las viviendas abren sus huecos al patio, también tendrán acceso directo a él, pudiendo disfrutar de la privacidad e intimidad deseables y de un espacio libre, que permita la conexión exterior-interior. Se realizarán dos pequeñas azoteas, como extensión de las viviendas al nivel de la cubierta, posibilitando la realización de actividades propias del clima mediterráneo como tender ropa o refrescarse en las noches estivales. A pesar de esta organización por espacios programados, se ofrece una claridad compositiva que permita otros usos con un simple cambio de muebles o instalaciones, tal y como hasta ahora ha venido funcionando. No se dicta cómo vivir, sino que se ofrecen posibilidades. Para la consecución de este fin serán claves:

  • El mantenimiento como base fundamental de los niveles de forjado actuales y de la volumetría general del edificio.
  • La redistribución de las dependencias atendiendo al programa funcional requerido para las viviendas.
  • Las modificaciones en los huecos a patio y a fachadas, responden a consideraciones de iluminación, y ventilación de las estancias y al respeto de la fisonomía original de la tipología arquitectónica. En función de estas premisas, se crean nuevos huecos, modificando las dimensiones actuales, pero conservando su carácter
  • Para la redistribución interior se hará una demolición total de la tabiquería actual con el fin de aportar claridad al esquema básico de la edificación, definiendo un nuevo esquema distributivo que se adapte a las actuales circunstancias.
  • El empleo de materiales adaptados a las circunstancias y estándares actuales. En este sentido, se mantendrán los muros de carga, saneados, reforzados y adintelados para conseguir su unidad estructural. Se crearán nuevas cerchas de formación de pendiente del tejado y se cubrirá con cubierta ventilada de paneles cerámicos que asegure la estanqueidad y el buen comportamiento térmico. Los pavimentos del patio están en suficiente buen estado y se conservarán.

En el presente proyecto se mantiene la configuración espacial de doble tira edificatoria con triple línea de carga (doble crujía) y cubierta inclinada hacia el espacio común. Las divisiones actuales entre las viviendas se han desfigurado para crear un ritmo constante y adecuado a su conformación como infravivienda (más de 36 m2 útiles) que antes no cumplía, de manera que el número total de éstas pasa a ser de 13, en lugar de las 22 en que antes se dividía. El programa queda conformado por una tira (entrando a la derecha) de 8 viviendas de un dormitorio y otra (entrando a la izquierda) de 5 viviendas de dos dormitorios.

Los aspectos más definitorios de la propuesta respecto al estado actual son: la redistribución del espacio de la vivienda que pasa a tener una nueva configuración espacial, con cada una de las piezas que abarcan el ancho completo de las dos crujías, enlazando el fondo y la fachada de manera transversal, mejorando así las posibilidades de iluminación y ventilación de los espacios. La nueva conformación de la cubierta. Se propone que ésta se deslice 1.20 m. sobre su propia pendiente, de manera que se logre crear un espacio trasero, en la cubierta, que permita abrir huecos, al tiempo que la fachada quede protegida con una especie de visera o porche continuo. Se crea, pues, un espacio de sombra y protegido de la lluvia, entre el patio descubierto y la fachada de la casa. Este lugar servirá de filtro entre lo puramente privado y lo común; una disolución del límite estricto que ayudará a la transición entre ambos y proporcionará mayor intimidad a las viviendas. Es el espacio suficiente como para marcar ese límite indefinido, donde poder colocar unas macetas o una silla, pero no para ser apropiado por cada vivienda.

Las viviendas son de dos tipos, según el programa asistencial al que irá destinado el complejo. 8 Viviendas de un dormitorio, compuestas por un único espacio donde se desarrollan una cocina, una estancia principal y un dormitorio. Todo sin divisiones físicas, aunque sí virtuales con elementos muebles o con cambios de altura, lo cual proporciona un espacio más rico y amplio. 5 viviendas de dos dormitorios, compuestas por un espacio principal donde se desarrollan el salón-comedor-cocina, sin divisiones, un dormitorio principal y otro secundario, más un cuarto de baño. Las estancias quedan ventiladas por la fachada y por los ventanales traseros. Todas las viviendas se adecuan a la posibilidad de ser usadas por personas con minusvalías físicas.

El edificio de la casa tapón se diseña como un contenedor de los programas sociales y de usos y participación comunitaria que puedan darse en el conjunto. Del edificio existente sólo se conservarán los muros estructurales, incluyendo el de fachada. Se eliminan también los múltiples elementos de cubrición de la cubierta y los castilletes situados en la segunda planta. De este modo queda un edificio de planta baja y primera, que conserva su alzado original a la calle, de un modo incluso más regular que antes, ya que se eliminan los elementos de la cubierta que distorsionaban su percepción. La composición de la fachada se regulariza para conseguir un hueco homogéneo de la misma dimensión. Y se enmarca su importancia compositiva a través de la colocación de conjuntos integrales de carpintería, diseñados para solucionar a la vez cerramiento y protecciones. El interior del edificio dispone del mínimo número de particiones para permitir la mayor versatilidad de uso del espacio. Los muros que se conservan de la casa tapón son picados y saneados para acabar dejándolos vistos y al descubierto. El único nuevo elemento decorativo es un revestimiento de goma lisa de color que se prolonga de un modo fluido por todo el espacio de la crujía, haciendo indistintamente de revestimiento de suelos, paredes y techos, según el caso. De este mismo material está también revestido el pasillo que da acceso al corral.