A un paso de La Bañeza en la provincia de León, se encuentra Jiménez, un pueblecito alfarero de un millar de vecinos, regado por el río Jamuz, que le da su apellido. Está flanqueado en su entrada, por un monte de encinas y en su término por una sierra de pinos. Por estos llanos han pasado Astures, Romanos, Visigodos y Mozárabes. De estos últimos heredó el arte del barro; hasta treinta hornos se encendían algunos días, en los cien talleres abiertos en el siglo XIX. El propio Antonio Gaudí recurrió a sus Maestros alfareros para adornar el Palacio Episcopal de Astorga. 

Los Romanos legaron el arte del vino. Perviven aún hoy, en la vega del río, más de trescientas “cuevas” centenarias que la gente dedica al disfrute propio. Cuevas que conservan en sus paredes la grafía del útil que abrió, a mano, laberintos en la arcilla para guardar el vino y los secretos. En la cueva los hombres se han reunido al calor del fuego y del vino desde que soñaban bisontes en sus bóvedas de barro.

El Maestro asador, José Gordón, guarda sus tesoros en una de estas cuevas. El Capricho cuenta su historia y su paisaje en el barro, en los vinos de la tierra y en el carbón de encina que aviva el fuego y da el punto a su parrilla. La cocina del Capricho mantiene los sabores de la memoria con sencillez y tradición. Su especialización en las carnes rojas le ha convertido en un lugar de referencia para los amantes de la carne. Personas de todo el mundo acuden en búsqueda de la mejor carne.

El estudio de arquitectos RCR, vencedor del premio Pritzker 2017, junto con el arquitecto Pau Llimona realizan el anteproyecto de adecuación del restaurante El Capricho con el fin de mejorar sus instalaciones y estar al nivel arquitectónico que se merece la mejor carne del mundo según la revista Time.

Source: el capricho