Si la peatonalización de los centros urbanos se presenta como opción prioritaria, sin atender a otras categorías urbanas que la asistan, se convierte en el arma más poderosa contra la “vida urbana”, eliminando capacidades insustituibles como el encuentro y la convocatoria ciudadana, sólo posibles en centros urbanos habitados y servidos. El autor del artículo: Alfonso Álvarez Mora

Transcurría el año 1983 cuando, una tarde que me encontraba en la downtown de Boston, observé un fenómeno que me llamó profundamente la atención. Serían, aproximadamente, las seis de la tarde, hora de cierre, por entonces, de los establecimientos comerciales y oficinas, cuando advertí cómo las paradas de los autobuses estaban repletas de gentes, y la entrada al Metropolitano más cercano mostraba el tumulto propio de una “hora punta”. El Centro de Boston se iba despoblando de sus consumidores, convirtiéndose, en apenas unos minutos, en un lugar solitario. Al mismo tiempo que esto sucedía, y como si de un acto de impaciente espera se tratase, comenzó a poblarse de un ejército de indigentes salidos de no se sabe dónde. Entonces, comprendí que un lugar como aquél, a pesar de ser, o de haber sido, el referente histórico de la ciudad de Boston, su “espacio tradicional” por excelencia, apenas estaba ocupado por una población, hipotéticamente, residente. Sin embargo, la citada downtown ya estaba dotada, eso sí, de un “sistema de calles peatonales”, lo que me hizo pensar que dicho “sistema” estaba, prioritariamente, al servicio de la actividad comercial que allí se desarrollaba, no tanto a disposición de una población que, visto lo visto, allí no residía.

Desde hacía ya unos cuantos años, concretamente, desde finales de la década de los cincuenta, el Centro de Boston comenzó a ser sometido a un violento proceso de transformación urbanística que consistió en aniquilar su condición de “espacio social habitado” para convertirlo en un “espacio terciario”. Las oficinas y comercios, en una palabra, se impusieron a las residencias, sobre todo, a aquellas que se identificaban con los sectores sociales más populares y necesitados. El Centro, por tanto, reducía su diversidad, prescindiendo de todo aquello que hiciese posible la “reproducción social”, como viviendas populares, servicios y dotaciones a ellas vinculados, para ejercer, una vez materializada dicha transformación, como “espacio de renta”, es decir, lugar donde, y desde el cual, encauzar las inversiones del capital en su vertiente comercial-inmobiliaria. Cambio sólo posible llevando a cabo acciones concretas encaminadas a expulsar, por desposesión, el contingente humano allí presente. Estamos hablando de la aniquilación de un “espacio social”, lo que lleva implícito, a su vez, la pérdida de la diversidad a él asociada. La llamada “peatonalización” de los centros urbanos no es ajena a esta pérdida de diversidad.

Se suele olvidar el hecho que la calle ha sido siempre peatonal. ¿Por qué, entonces, su insistencia en que lo sea? El problema no es que sea, o no, peatonal, que siempre lo ha sido, sino que ha perdido su complejidad originaria, la mezcla de usos, su diversidad social, su variedad residencial. Apelar a la peatonalización, por tanto, no es la cuestión a tener en cuenta, sino recuperar, para los centros urbanos, la complejidad perdida. Poner la peatonalización en un primer plano, sin implicarla con otras categorías socio-espaciales, es entender la ciudad como contenedora de “flujos de tráfico”, no como un “sistema de movilidad”. Circular no es lo mismo que moverse. La peatonalización debe contemplarse en el marco de un Plan en el que estén comprometidas todas las componentes urbanas posibles. Si la ciudad la entendemos sólo como el asiento de flujos de tráfico la estamos condenando a comportarse como un “espacio de renta”, como “producto”, expresión de un “valor de cambio”, no como obra colectiva poseedora de “valores de uso”.

Apostar por la peatonalización, por tanto, parece más una medida para introducir en la calle algo que le ha sido ajeno hasta el momento, que un procedimiento para reivindicarla como “espacio ciudadano”, porque, insistimos, la calle no ha dejado de ser peatonal, ¿o, no seguimos circulando por ella, paseando, consumiendo sus recorridos? Esa peatonalización que se reclama, si se presenta como opción prioritaria, sin atender a otras categorías urbanas que la asistan, se convierte en el arma más poderosa contra la “vida urbana”, porque contribuye a simplificarla, reduciéndola a mínimos insostenibles, desde el momento en que elimina capacidades insustituibles como el encuentro y la convocatoria ciudadana, sólo posibles en unos centros urbanos habitados y servidos. Cuando Morton y Lucía White hablaban de New York, decían que “…la Nueva York más nueva era aburrida precisamente en la medida que habían disminuido sus contrastes sociales; la ciudad era más aburrida porque era menos diferenciada. La gloria de la ciudad es su variedad” .

El autor del artículo: Alfonso Álvarez Mora (Úbeda, Jaén, 1945) es Arquitecto por la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, 1972, y Doctor Arquitecto, por la Universidad Politécnica de Madrid, 1976, con la Tesis Doctoral titulada “Los Asentamientos Urbanos Preindustriales“. Profesor de Urbanismo, no numerario, en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, desde 1973 a 1979. Profesor Adjunto de Universidad en el Área de Urbanística, 1979, por oposición, con destino en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid. Catedrático de Universidad, desde 1984, por oposición, en el Área de Urbanística y Ordenación del Territorio, con destino en la Universidad de Valladolid, donde actualmente es Profesor Emérito.

Para leer el artículo completo: Peatonalización versus Complejidad Urbana

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